Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo.

Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo.

Hace una semana salió a la luz la sentencia por el caso de La Manada. Una ola de indignación y rabia recorrió gran parte de los hogares españoles. Condenaron a los cinco integrantes del grupo a nueve años de cárcel por abuso sexual, en vez de veintitantos años por violación.

A raíz de eso, hubo concentraciones en los ayuntamientos y plazas de la mayoría de ciudades de nuestro país.
La cosa no quedó ahí. Twitter ardió en protestas y se puso en marcha un nuevo movimiento con el que nos volcamos: #CUÉNTALO.
Se trataba de hacer entender que la gran mayoría de nosotras, hemos sufrido en algún momento de nuestra vida acoso, abuso, violencia machista o violación.

Yo, con un poco de miedo, conté por lo que había pasado:

– Sufrí acoso sexual en un trabajo por parte un compañero. Me tocaba sin mi consentimiento y cuando le decía que parara, se reía en mi cara. Cuando se lo contaba a la única compañera de trabajo mujer que tenía, ésta me contestaba que no me rayara, que eso se lo había hecho a cuanta mujer había trabajado con él. Yo le decía que iba a hablar y me respondía que eso ya lo intentó una chica y acabó en la calle de inmediato previa humillación, además nunca se pudo demostrar nada. Yo dependía de ese sueldo y no podía permitirme dejar el trabajo. Nunca había pasado por algo así en ninguna situación laboral y me decía a mí misma que podía aguantarlo hasta que me saliera otra cosa.
Cuando salía de trabajar me montaba en el coche e iba a echar currículums. Estuve así cuatro meses hasta que la cosa subió de nivel. Entraba a trabajar llorando y salía de trabajar llorando. Se apoderó de mí una profunda ansiedad que me empujó a tener el valor de dimitir. Sin paro, sin otro trabajo al que ir, con una mano delante y otra detrás y con dos hijos pequeños. A los pocos días hice tres entrevistas de trajabajo y a la semana siguiente volví al mercado laboral. Me arriesgué mucho y esos días de angustia y estrés los recuerdo a la perfección. No voy a entrar en detalles, pero el karma es sabio y la cosa acabó muy mal para ellos.

– Cuando tenía catorce años, en una excursión en la que nos llevaron a hacer Rafting por el río, un monitor me separó del grupo y me metió mano hasta por debajo del pantalón de deporte que llevaba. Empecé a intentar zafarme y el que entonces era mi tutor, nos vio, vino corriendo y me sacó del agua de forma brusca. Se me caía la cara de vergüenza -A MÍ-, al pensar en qué pensaría el resto.
Me estuvo diciendo durante semanas que contara lo que él había visto, que me podía ayudar.

Estas son las cosas que más se salen de lo que tristísimamente hemos normalizado, pero al igual que muchas de vosotras, he pasado por chantaje al no querer practicar sexo con algún novio, “o follas conmigo o me follo a otra”. También he soportado que casi todas las noches que salgo de trabajar y vuelvo dando un paseo a casa, me digan guarrerías y que cuando yo, que por fin he aprendido a no callarme ni una, contesto, se me paren en coche al lado a ponerse gallitos, me insulten, me amenacen o me sigan. SÓLO POR DECIR QUE ME DEJEN TRANQUILA. 

Al abrirme y publicar esto por la red social Instagram tuve un tremendísimo efecto espejo.
Me empezaron a llegar mensajes de chicas que habían sufrido cosas parecidas o cosas mucho más fuertes. Varias de ellas me autorizaron a que de forma anónima subiera sus testimonios, lo que ocasionó una reacción en cadena. Iba en el coche de camino a casa de mi familia cuando pensaba que había terminado de leer y contestar todos los mensajes, pero cuando por la noche me senté y cogí el movil, vi que no había hecho más que empezar. Tenía decenas y decenas de mensajes. Me senté en el salón y me puse a hablar con todas ellas. Por cada testimonio que subía de forma anónima me llegaban dos con un “joder, esto es lo que también me pasó a mí” seguido de su historia. Alucinaban al ver que alguien había sufrido algo con casi la misma exactitud que ellas mismas. Entendieron que no estaban solas. Muchas de ellas tienen secuelas a día de hoy por abusos que sufrieron de niñas o ya de mayores.
Yo esa noche me dormí cerca de las cinco de la mañana con cada una de esas historias en mi cabeza.
Tíos, primos, abuelos, parejas, padres, amigos, desconocidos, vecinos, maridos… Gente que se supone que las tenía que querer, gente que se supone que tenía que velar por ellas, que las tenía que cuidar… ¡Hicieron todo lo contrario! A la mayoría desde niñas… A muchas desde siempre.


¿No os pasa que a veces, sentís que conocéis a la gente con la que os relacionáis a través de las RRSS? Os comentan las fotos/vídeos, os mandan mensajes privados, confían en vosotras, se sienten afines a tu contenido, si no publicas en tres días se preocupan y te preguntan si estás bien… Pues a mí saber que a todas estas chicas les habían hecho tantísimo daño me dolió en lo más profundo. Me llenó de rabia y de impotencia.
Yo soy de encariñarme rápido con la gente, y el otro día leer esos mensajes para mí fue como leer una novela de terror. Empatizo asombrosamente fuerte y esa noche me costó horrores cerrar los ojos y no pensar en todos aquellos abusos. Cuando por fin me dormí, tuve pesadillas y cuando me levanté a la mañana siguiente mi primer pensamiento le perteneció a ellas.

Así que eso hizo reafirmarme en mi manera de pensar y me dio, más ganas aún si cabe, de seguir luchando contra todo ese horror. Tengo una hija y sólo espero saber tener las herramientas suficientes para que el día de mañana, confíe en mí y me cuente si pasa por algo así. Para ayudarla, para apoyarla, para arroparla. Muchas de esas chicas contaron lo que les pasó y las trataron de locas. Porque había lazos familiares de por medio o intereses económicos. Se vieron solas, desvalidas y humilladas, ¿hay derecho a eso?

Confío ciegamente en que esta revolución merece la pena. El día de mañana la frase “he sido acosada” será una excepción y no algo que hemos vivido casi todas. Tendremos un mundo mejor en el que se criarán nuestros nietos gracias a la lucha de sus abuelas, tías, madres.

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