La silla de pensar y el conductismo.

 

 

Ilustración cedida por Aguacate Rosa (@mamadibuja)

 

 

¿Quién no ha oído hablar la silla de pensar?

 

Yo misma, antes de que mi hijo entrara al colegio, sabía de pasada lo que era y no me parecía un mal método. Todo cambió cuando mi hijo mayor, con dos años, vino un día de clase diciéndome que lo habían castigado. No me supo decir nada más, cuando le preguntaba el por qué, no me respondía, ni siquiera sabía decirme de qué castigo se trataba.

Fui a hablar con la maestra por la tarde (jornada partida) y resulta que había sido porque no dejaba de levantarse en medio de la asamblea, así que lo puso en la famosa silla de pensar. Solo, en una silla y apartado de todos sus compañeros.

A mí me asombró mucho. Diego es de diciembre y entró al colegio siendo muy pequeño. Además él no había ido a la escuela infantil, así que ni siquiera sabía lo que era una asamblea. Mi hijo no razonaba porque no tenía la madurez necesaria aún, se levantó porque seguramente necesitaba moverse, no por fastidiar, ni por molestar. De hecho él no hablaba casi, hasta que no pasaron seis meses de curso, sus frases se componían de dos palabras como mucho.

Lo mandaron a la silla de pensar cuando él no sabía recordar ni lo que había desayunado esa mañana. Así que en cuanto salí de la reunión, me puse a buscar artículos que me dieran información sobre éste método, ya que tenía que tener argumentos por si volvía a pasar, rebatir con razón y no con intuición.

Así fue como descubrí que la silla de pensar es un castigo disfrazado basado en el poder.

Trata de sentar al niño solo, a veces frente una pared o en una esquina y durante varios minutos, para que éste reflexione y medite sobre algo que ha hecho mal. Se le aísla y puede volver al grupo cuando se haya calmado y sepa en qué se ha equivocado.
Pero lo que en realidad pasa es que en la silla, separado de sus compañeros y amigos, la rabia y la ira crecen y el niño se frustra. Ha hecho algo de forma impulsiva y no podemos pretender que en caliente asuma las consecuencias de su acción.
Lo que piensa en la silla es todo lo contrario a lo que queremos que piense. De hecho, cuando son tan pequeños, ni siquiera piensan. Mi hijo no se acordaba ni de que se había sentado frente a un pared.

¿Se le está enseñando que pensar es un castigo?

Hay que buscar alternativas y armarse de paciencia. Para que la silla de pensar fuese efectiva, tendría que llamarse silla de dialogar. Y tendría que tener delante otra silla, con alguien que sin juzgar, con cariño y calma le explicase al niño lo que ha pasado y por qué está mal lo que ha hecho. No podemos pretender que un niño gestione algo tan difícil como es el razonar en un momento de tensión, él solo y más aún siendo tan pequeño como lo era Diego cuando le sucedió esto.

 

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