Los otros dieciocho años.

 

Me enteré de que estaba embarazada de Diego de diez semanas, yo tenía dieciocho años. Esa noche, me encontraba sola y encerrada con pestillo en el baño. La primera reacción que tuve al ver el test fue de pegarme cabezazos contra un armario. Me repetía una y otra vez “no puede ser, no puede ser…” mientras lloraba.

 

Tres días antes me habían roto el labio y llevaba semanas planteándome dejar una relación que se basaba en malos tratos y dependencia emocional, pero tenía miedo y no tenía fuerzas para hacerlo. Esa noche no pegué ojo, a las cinco y media de la mañana me vestí y me fui a la calle. Estuve dando vueltas sola varías horas, me metí a una cafetería en cuanto esta abrió y me pedí un desayuno que no probé. Yo no dejaba de llorar, estaba aturdida y muy angustiada. La gente me miraba, a mí en ese momento me daba todo igual. Seguí andando, llevaba el test de embarazo en el bolso, así que me fui sola al centro de salud y esperé sentada hasta que la consulta de mi médico abrió. No tenía cita y apenas podía abrir los ojos de lo hinchados que estaban. Cuando el doctor me vio, me pasó la primera. Yo, sin hablar, lancé el test sobre la mesa y empecé a llorar, ya no me quedaban lágrimas. Pedí una confirmación con un análisis de sangre, me dijo que si yo quería, él me lo podía mandar, pero que las rayas estaban muy marcadas y que eso era un positivo como una catedral. Estuvimos hablando y le pedí discreción, me preguntó que qué iba a hacer y pese a todo lo anterior afirmé tajante: tenerlo.

Salí de allí y estuve paseando otro rato más, esta vez un poco más tranquila. Inconscientemente se me iba la mano a la barriga y me la acariciaba. Pasaron las semanas, salí de esa relación y recuerdo esa época con la mayor soledad. Todo el mundo me decía “aquí estoy para lo que necesites” pero luego nadie estaba ahí, ni siquiera para hacerme un poco de compañía cuando más lo necesitaba.

Os parecerá egoísta pero intentaba no meterme a las redes sociales, porque no hacía más que ver a las chicas de mi edad haciendo lo normal, viajando, de concierto en concierto, bebiendo, en festivales… Y me dolía, me dolía porque eso es lo que se supone que tenía que hacer yo con dieciocho años, y no estar en juicios por maltrato, embarazada, de visitas a la comisaría y pasándome día sí y día también llorando en la cama. La época que se supone, tenía que ser la más feliz de mi vida, fue la más triste con diferencia. Lo único que me devolvía la ilusión era cuando Diego se movía (que lo hacía poquísimo) o cuando me tocaba alguna ecografía.

Apenas conseguía conectar con mi bebé, tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza, pero él no era una de ellas, lo protegería con cuerpo y alma y conforme pasaban los días me reafirmaba en que haría cualquier cosa por él. Le pido perdón por no tener casi fotos de esa etapa, porque realmente los recuerdos son borrosos. No contaba semanas, no contaba meses… Cuando me puse de parto me dije “¿YA?” Todo había pasado muy rápido y de repente me encontraba cara a cara con la realidad.

Intentaba mostrarme fuerte con la familia, mostrarme feliz era imposible. Estaba harta de “te lo dijes”, de que me infantilizaran y cansada de culpabilidad. Nadie tiene la culpa de vivir algo así, por muchas decisiones equivocadas que haya tomado, y esto me costó años entenderlo.

Y pasó, y todo pasó, y me puse de parto, y sufrí, y grité, y lloré de miedo, de nervios, y me rompí ese día… Pero me rehice en el mismo instante en el que me lo pusieron en mi pecho. Y desde ese momento no nos hemos separado.

Lo digo siempre y estoy convencida de que vivir todo esto siendo solo dos, siendo solo él y yo, ha hecho que tengamos una conexión especial que no tengo con nadie más. Y si pudiera volver atrás y cambiar cualquier decisión tomada, no lo haría.

Porque conocí la desesperación más desgarradora, pero también la recompensa más dulce y el amor más salvaje.

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