EL PRIMER GOLPE – II

La cosa se tensa, la relación ha llegado a un punto en el que las peleas son casi a diario, y que cuando ocurren, te deja de hablar durante días.
No sales, no te relacionas. Ves la vida pasar.

Pasas horas metida entre cuatro paredes y llega un momento en el que piensas que nada puede ir a peor.

Pero siempre puede ir a peor.

 


 

Un día, te acercas por detrás y le suplicas que vayáis a dar un paseo.
Está en el ordenador, en mitad de un partido online. Te grita que te calles.
No discutes. Precisamente ese día no discutes.
Le dices que te vas tú sola, y de repente, no sabes como, te coge del pelo y te lanza a la cama.
El primer golpe no lo ves en cámara lenta, como todo el mundo piensa, simplemente no lo ves.
No puedes respirar, estás llorando y tienes los ojos tan llenos de lagrimas que no puedes fijar la vista en nada. Te tocas el costado como puedes. Jadeas. Entiendes que después de lanzarte a la cama, te ha pegado dos putas patadas.
Intentas decirle que crees que te ha roto las costillas, pero te cuesta tanto respirar que no puedes montar una frase.
Te pones como puedes en postura fetal y te cubres la cabeza, no sabes si te va a seguir pegando. Esos segundos son un infierno.
Pasan horas, horas que parecen días. Y cuando dejas de llorar, lo ves a tu lado pidiéndote perdón. No lo miras, simplemente asientes para que te deje tranquila. El dolor se va pasando poco a poco.
Esa noche no cenas. Estás algo dolorida, pero te levantas. Él sigue en el ordenador. Te mira, sonríe y tú le haces una mueca.

Le dices que vas a tirar la basura. Ya es de noche, en tu bolsillo está tu móvil sin saldo y poco mas de dos euros. Tiras la basura al primer contenedor que ves, pero sigues andando.
A los cinco minutos él ya te está llamando, pero tú cuelgas. Primer mensaje: “¿dónde coño estás?”
Buscas una cabina, y desde ahí llamas a la única amiga que tienes, mientras que al móvil te siguen llegando mensajes, los últimos ya pidiéndote perdón.
Tu amiga te coge el teléfono, no tienes tiempo y le cuentas lo que ha pasado. Te dice que llames a tu madre, que ella te irá a buscar seguro.
NO NO NO. ¿Cómo le voy a contar esto a mi madre? Me mata.
Piensas que quizá la culpa ha sido tuya. Lloras más, no se te entiende, te comunicas entre balbuceos.
Le lees los últimos mensajes a tu amiga. Que va a cambiar, que te va a llevar al cine, que te ama, que eso no le ha pasado nunca con nadie, que se le ha ido la mano, que lo perdones.
Tienes la cabeza y el corazón hecho un ovillo.
Le dices a tu amiga que le ves arrepentido, que se te acaban los segundos, que la quieres y que mañana la llamas.
La llamada se corta con la voz preocupada de tu amiga diciéndote que por favor no vuelvas con él.

Llegas a casa y él te espera. No puedes abrir los ojos de lo hinchados que están.
Te abraza, te besa y te reitera que de verdad, eso no le ha pasado nunca con nadie.

Esa noche apaga el ordenador, se acuesta a tu lado y te repite cien veces que eres la mujer de su vida. Estás tan exhausta que te duermes.
A la mañana siguiente te lleva el desayuno a la cama. Está arrepentido.
No enciende el PC en todo el día.

Pasáis unos días sin discutir. Es amable e incluso algo cariñoso.
Cuando te duchas, ves gran parte de tu torso con moratones. Cada día tienen un color diferente, a veces verdes, a veces violáceos. Te llenas de maquillaje hasta que se van, eres tú misma la que no te los quieres ver.

Pero no sabes porqué, una tarde, algo se tuerce. Esta vez no es una patada. Es un puñetazo en el brazo. No te callas, le gritas, y él contesta con otro golpe más fuerte.
Este te duele más, lo has visto venir.
Te quedas quieta. Esto ya te lo conoces.
Esta vez se adelanta y coge tu móvil del escritorio. Tú le dices que te lo de, pero no lo hace. Se lo guarda en el bolsillo, sale de la habitación y te encierra. Sales hecha una furia y vas a abrir la puerta de la calle cuando te la encuentras cerrada con llave.
Vas corriendo a la cama, te tapas hasta arriba y te pierdes entre tu llanto.
Hasta que no le dices que está perdonado, no te da el móvil y las llaves de casa.

 

La cosa sigue igual. Siempre que te pega lo hace de barbilla para abajo, nunca en la cara.
A veces se le va la cabeza y te coge del cuello.
Hay días que le plantas cara. Hay días que piensas “ojalá me mate ya”.

Esa amiga a la que llamaste, acaba contándole a tu madre lo que estás pasando, ella se presenta en tu casa y acabáis peleadas. La alejas, le dices que ya eres mayor de edad y que te deje tranquila.
Él está orgulloso de lo que has hecho, te reitera que te ama.

 

Un día más os peleáis, te escupe en la cara. Tú, harta de tanta humillación, le escupes también.
Esta vez no controla y cuando te pega, te da en la cara. Te parte el labio y empiezas a chorrear sangre.
Te asustas, estás acostumbrada a los moratones y crees que la sangre ya es otro nivel.
Esa vez él también se asusta. Se pone nervioso y grita.
Tú te limpias con el brazo, piensas “¿cómo he llegado hasta aquí?”.
Él está tan abrumado que se pone a dar vueltas por la casa, a lo que tú no te lo piensas y antes de que te encierre, echas a correr. Abres la puerta y corres. Corres con la cara y la camiseta llenas de sangre.
Bajas los seis pisos rápido y corres hasta casa de tu madre.
La gente te mira, la gente te llama. Tú piensas “no te pares, corre, corre”.
Has llegado en 10 minutos, cuando el que era tu hogar está a 25. Timbras una y otra vez, te abren la puerta y subes. Te ves fatal, eres mezcla de sangre y lágrimas.
Lloras, gritas, lloras. Le dices “MAMÁ, QUE ME HA PARTIDO EL LABIO” y ella llora y te dice “es que lo sabía, sabía que tu amiga tenía razón”.
Tu madre te acuesta en la cama, como cuando eras un bebé. Y te duermes.

Al despertarte, tienes mil mensajes y llamadas. Estás tan en shock que te levantas y le dices a tu madre que te vas a tu casa. Ella no se lo puede creer.
Le dices que es que te has peleado con él y estabas tan nerviosa que te has dado un golpe con una puerta. Estás tan anulada que parece que ya no tienes ni alma ni sentimientos.

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