La corresponsabilidad no es una opción.

La corresponsabilidad no es una opción, al menos no debería de serlo.



Hace dos años volví al mercado laboral. Antes de eso, me encargaba de gran parte de las tareas domésticas. Nunca cargué sola con todo el peso de casa, pero sí que hacía un 75% del trabajo del hogar, ya que mi marido se pasaba todo el día fuera trabajando.
En el tiempo que estuve criando, pasé una época anímicamente mala. Yo misma me exigía mucho y me sentía poco valorada, por mi familia, por mis amigos y hasta por la gente que ni siquiera me conocía.

Un día, una chica se tomó la libertad de decirme algo así como “de verdad que yo no podría estar todo el día parada en casa como tú, necesito trabajar y estar sin hacer nada me superaría”. Me sentí tan pequeña en ese momento, que sólo me salió hacer una mueca intentando justificar que yo no estaba parada, de hecho con un niño de tres años y una niña recién nacida, ni siquiera podía dormir más de cuarenta y cinco minutos seguidos.
Mientras mi marido crecía personal y profesionalmente, yo me encontraba estancada.
Él llegaba del trabajo y se ponía con los niños, los bañaba, los dormía, a la mañana siguiente llevaba al mayor al colegio… Con ellos siempre fuimos un equipo. Pasaba muchas horas trabajando y cuando llegaba a casa quería estar con ellos.

Un día exploté, me abrí y le conté como me sentía. Yo no estaba cansada de limpiar, de cambiar pañales o de correr detrás de mis fieras. Lo que realmente a mí me saturó fue la carga mental que había detrás; pensar que hacer de comer, que había que comprar, que no se me olvidasen las revisiones médicas, las tutorías con la profesora o las vacunas de los niños.
ÉL contaba como sus jefes le decían lo bien que lo hacía, y yo solo pensaba “a mí no me dice nadie lo bien que lo estoy haciendo”.
Hablando se entiende la gente y recuerdo que en esa conversación vi que habíamos caído en la rutina, observé la comprensión en sus ojos, no es que no me valorara, es que no me lo demostraba. Me dijo que no me exigiera tanto, que aunque yo pensara que limpiar los rodapiés y hacer las camas todos los días era importantísimo, en realidad no lo era, que bastante tenía en la cabeza como para encima preocuparme de si la ropa estaba planchada los domingos.

Meses después volví a trabajar y fue ahí donde equiparamos las tareas del hogar. Nos turnábamos y nos complementábamos.

Un año más tarde, mi marido se quedó en paro, y el caso es que, aunque Néstor pensaba que entendía mi cansancio, fue en el momento en el que pasó un mes entero en casa, cuando entendió de verdad que mi cansancio era real.
Ya lo dije una vez, yo trabajo fuera de casa y estoy menos cansada que cuando me pasaba los días enteros cuidando a mis hijos. Los niños requieren el cien por cien de atención, y eso día tras día, todos los días, agota.
Yo de vez en cuando le recuerdo que lo está haciendo bien y le doy las gracias por poner su esfuerzo en el trabajo que tiene ahora: cuidar nuestra casa, igual que el me lo decía a mí. Porque es necesario entender la importancia que tiene lo que está haciendo, yo lo sé porque lo he vivido.

Por favor, normalicemos una actitud que tendría que ser normal: personas criando, personas limpiando, personas cocinando, independientemente de su género. Desechemos los estereotipos que nos han impuesto durante tantos años, no nos sorprendamos cuando un padre lleve a los niños al colegio, al parque o cuando hace la compra con ellos.
Enseñemos a los niños que papá no ayuda, papá ejerce.

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