El día que perdí la paciencia.

Todos los padres y todas las madres pierden la paciencia en alguna ocasión. En varias ocasiones.
El estrés de la casa, las facturas, la crianza, el trabajo, los estudios y los problemas personales, entre otros mil factores hacen que a veces, estallemos.

 

Claudia Tremblay

 

Hace unos días, mis hijos tuvieron una tarde mala. Ese día estaban discutiendo absolutamente por todo. Yo intenté mediar en varios momentos, pero hacer de juez, jurado y verdugo constantemente es agotador.
Eran las 21:30 de la noche y aún estaba bañándolos, sumida en gritos y más gritos. Me dolía tremendamente la cabeza y llegó un momento en el que ya no pude más. Pegué un grito ininteligible y agarré a Diego, que era el que en ese momento no quería salir de la ducha. Perdí los nervios y con ellos el sentido del diálogo que tanto defiendo. En el momento en el que le estaba agarrando bruscamente, ya lo estaba soltando. Diego se quedó blanco. Yo me di la vuelta con los ojos llenos de lágrimas y miré a mi marido, que estaba vistiendo a Delia. Él me miró con compasión y yo le dije, «la he cagado».

No di opción a que nadie dijera nada. No quería ni que me contestara porque ya me estaba contestando yo interiormente. Me di la vuelta corriendo, y Diego seguía mirándome callado. Tenía en su mirada un sentimiento que no conseguía descifrar. Me agaché, y él me abrazó.
Le pedí perdón y le dije que la violencia nunca está justificada, ni siquiera la mía.
Y entonces él me también me pidió perdón por haber tenido un día malo y me dijo algo realmente conmovedor que me voy a guardar para mí.

 

He perdido la paciencia en varias ocasiones, y sé que esta vez no va a ser la última por desgracia. Pero lo sé, soy consciente de ello y por eso intento evitar reacciones así siempre.

Cuando crías a tus hijos libres de violencia física y verbal, en cierto modo también te crías a ti mismo.
Yo fui educada en un entorno violento y tuve un desarrollo violento.
No culpo a mis padres. Ya no.
Entiendo que no tuvieron las herramientas y los recursos necesarios para hacerlo mejor.
Y viví mucho tiempo con rencor. No era capaz de entender algunas cosas, entre ellas que no dieran cabida a que se podían estar equivocando.
Recuerdo pensar que eran una especie de Dioses que tenían la verdad absoluta de todo. Si ellos decían que era blanco y yo cuestionaba que podía ser negro, siempre acababa pensando que la que seguro que se estaba equivocando era yo, aunque no fuera así.

Y hoy sé que sí que era negro, y ellos también lo han aprendido ahora, que me ven educar a mis hijos de una forma totalmente diferente a la que me educaron a mí.

El caso es que cuando mis hijos me vieron proclamándome humana, fallando y pidiendo perdón, también aprendieron de humanidad y sentido común.

No soy perfecta, y quiero que ellos crezcan sabiendo eso. Que cuestionen nuestras acciones para que así aprendan los por qués.

Cuestionar no es malo, si tenemos razón, estamos seguros de nuestras acciones y se lo explicamos, aprenden ellos, si por el contrario nos estamos equivocando y nos lo hacen ver, aprendemos juntos.

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