Marruecos para dos: Tanger, Tetuán y Chaouen

Hacía mucho tiempo que mi costillo y yo no sacábamos tiempo para una escapada para dos. Como la mayoría sabéis, nosotros no hemos tenido etapa de novios. Nos conocimos directamente siendo padres. Eso ha hecho que en cinco años de relación no hayamos estado mucho tiempo a solas, literalmente.

Hace un mes decidimos de forma impulsiva coger un paquete en una agencia de viajes para conocer un poquito de Marruecos. Era un chollazo con guía y pensión completa, así que no lo pensamos mucho.

 

 

El viaje comenzó en Algeciras, dónde cogimos un barco que nos llevó hasta Ceuta. Tardamos una hora y media aproximadamente.

 

 

Allí nos recogió el guía con el resto del grupo y nos dio unos papeles que teníamos que rellenar para pasar la frontera. Nos montamos en el autobús y le entregamos el pasaporte con dicho papel. Estuvimos esperando un rato a que los sellaran y ya fuimos dirección Tetuán.

Nos alojamos en un hotel que por fuera parecía antiguo pero que por dentro era súper bonito.
Allí rellenamos otro impreso y ya nos fuimos a cenar a su restaurante.
El primer contacto con la comida marroquí fue una delicia, pero como estábamos muertos de hambre no queríamos crear expectativas. Nada más lejos de la realidad, toda la comida que probamos en esos tres días, los dulces, los tés… Todo estaba riquísimo.

Al día siguiente madrugamos y salimos a hacer turismo por Tetuán. Fuimos a Mellah, el barrio judío, el antiguo consulado español, el Palacio Real y su zoco. Aprendimos de su historia  y nos cruzamos con gente maravillosa dispuesta a saciar nuestras dudas.

 

 

A media mañana fuimos a la medina y paseamos por sus calles. Tetuán atrapa. La gente es muy trabajadora, servicial, amable y dispuesta a compartir su cultura. Nos daban a probar todo lo que tenían.

 

 

Nos explicaron mucho acerca de su economía y religión. No entramos a ninguna mezquita ni a ningún baño hamman, pero ni falta que hace, nos explicaron muy bien las cosas desde fuera.
Comimos allí un cous-cous lleno de color y sabor y una sopa. Nos dieron dulces y té de menta de postre.
Solo me quedé con ganas de visitar el museo arqueológico de Tetuán.

 

 

Por la tarde cogimos un autobús y fuimos a Asilah, en Tánger. Tardamos alrededor de una hora y cuarto en llegar. Vimos donde el océano Atlántico y el océano Mediterráneo se abrazan.

 

La parte que menos me gustó del viaje fue cuando nos llevaron a dar un paseo en camello por la playa. Nosotros no quisimos hacerlo. El recorrido de no más de cinco minutos costaba cinco euros. Los camellos estaban en una condición horrible y les pegaban fuerte con un palo. Llevaban las patas peladas y rozadas por las cuerdas y se quejaban todo el rato.

 

Después fuimos a las Grutas de Hércules. Quedé maravillada.
La cueva tiene una apertura que da al mar con la forma del mapa de África, está muy bien iluminada y allí encontrarás a guías que hablan un perfecto español dispuestos a explicarte todo por una pequeña propina. Estuvimos allí alrededor de una hora.

 

 

Luego fuimos a la Medina de Tánger y allí compramos bastante jabón de argán, que es buenísimo para la piel seca y la dermatitis atópica severa que tiene Diego. Estuvimos paseando y tomando algo hasta que atardeció y nos fuimos al hotel.

 

 

El último día madrugamos y antes de las ocho pusimos rumbo hacia Chaouen. Tardamos hora y media en autobús.

 

 

Recorrimos durante todo el día sus calles azules de mano de un guía. Fuimos a una cooperativa de mujeres que nos enseñaron las alfombras, sábanas y mantas que tejían. Era auténtico arte.

 

Bebimos zumo de frutas natural hecho al momento, compramos dulces típicos, una mujer me pintó con henna, hablamos con los niños de allí y nos encantó cada rincón de esa ciudad.

 

Comimos en un restaurante de dentro de la Medina que nos hizo la mejor comida de todo el viaje.
Disfrutamos de su plaza y de todas las posibilidades que tiene Chaouen.

 

 

A media tarde nos despedimos con tristeza de su gente y fuimos hacia la frontera para coger el barco de vuelta a Algeciras.

Algo en lo que me fijé es que no suele haber papeleras, con o cual el suelo está muy sucio. Cuanto más cerca de la frontera, más. Es una pena porque el norte de Rif es una zona maravillosa que si se cuidara, estaría aún más bonita de lo que ya está.

Conocer un poquito de Marruecos ha sido una experiencia extraordinaria. Desde la gastronomía hasta la gente, pasando por los paisajes, la naturaleza y la cultura tan generosa que hemos visto.

 

 

Es una escapada que recomendamos hacer al menos una vez en la vida.

 

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